Notas preliminares conferencia Victor Hugo Acuña |
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No debe sorprender si se agrega que las memorias son usualmente conflictivas tanto porque las memorias de diversos grupos se confrontan entre sí como porque en el seno de una misma comunidad de recuerdo pueden existir versiones en conflicto. Los grupos se aseguran de que haya garantes y vigilantes de que la versión de la memoria defendida es la considerada la correcta y verdadera. Esta circunstancia parece bastante evidente en el caso de las memorias nacionales, pero lo es también en otros tipos de memoria. Por eso es que existen memorias dominantes y contra-memorias de resistencia, si se permite la expresión. En tales circunstancias, las memorias dominantes no necesariamente son las hegemónicas, porque pueden dominar en la esfera pública, sean los medios y el sistema escolar, pero no en la esfera privada y en la conciencia íntima de los individuos. Este es el caso de las memorias impuestas por los regímenes dictatoriales, tanto de derecha como de izquierda.
Las memorias son siempre selectivas, es decir articulaciones de recuerdos y olvidos. Contrariamente a lo que podríamos pensar en forma espontánea, la memoria y el olvido son inherentes el uno al otro por este carácter selectivo de la memoria. No es posible recordarlo todo, parece evidente; pero las razones de los olvidos son variadas; ya que existen desde los olvidos inevitables hasta los olvidos deliberados; además, algunos olvidos son más bien silencios. En este sentido, el olvido, de manera similar que la memoria, es plural y es objeto de múltiples adjetivos. El olvido, al igual que la memoria, nos remite al problema de la justicia, la reparación y finalmente, la amnistía, una forma institucional del olvido. Como se puede ver, la memoria y el olvido solo pueden ser pensados en términos de relaciones en tensión, como los cables que sostienen un puente colgante. Quizás el punto de partida de todas esas tensiones sea el carácter selectivo de la memoria y su función en relaciones sociales establecidas en el presente.
Para finalizar esta caracterización de las memorias conviene señalar sus elementos constitutivos: acontecimientos vividos personalmente, acontecimientos vividos indirectamente, trasmitidos socialmente, mediante un proceso de “socialización histórica”, una memoria de la cual somos herederos; personas y personajes, realmente encontrados e indirectamente conocidos y; lugares próximos o lejanos o incluso desconocidos e imaginarios. En las memorias ocurren transferencias o proyecciones en donde se transponen hechos o datos de un evento en otro. Estas transferencias pueden ocurrir en relación con las fechas o efemérides e incluso con algunos personajes. Esta circunstancia apunta a que la intensidad del recuerdo se modifica con el tiempo y que la propia construcción del recuerdo varía según periodos o épocas, según sociedades clases y grupos sociales, y medios o círculos culturales, políticos o ideológicos. La cuestión de la variación de la intensidad del recuerdo nos remite a lo que podríamos llamar los ciclos de la memoria o las coyunturas memoriales: hay periodos en que el grupo humano se ocupa más del recuerdo y hay momentos en que este pierde importancia o casi se desvanece. El lugar de la memoria en la historia: la documentación institucional y de todo el saber compartido, creencias y tradiciones, de esas sociedades se basan en la tradición oral la cual está a cargo de determinadas personas, especialistas de la memorización responsables, de su conservación y trasmisión. En esas sociedades, cierto tipo de memoria tiene un don divino, la que posee el don de la clarividencia y el privilegio de conocer “lo que ha sido, lo que es y lo que será”. Los poseedores de ese don son los aedos o cantores. Ellos adquieren esa habilidad en un proceso de formación en el cual el ritmo es esencial. En su caso: “La memoria no es reconstrucción del pasado, sino exploración de lo invisible.” (Vernant, p. 22) También estos hombres son capaces de recordar sus vidas anteriores, el ciclo de sus reencarnaciones pasadas; lo cual los libera y les hace posible su unión con la divinidad. en ellas desaparece la omnisciencia revelada del aedo y surgen procedimientos mnemotécnicos nuevos de naturaleza positiva y accesibles a todos, basados en una disposición sistemática de elementos, lugares e imágenes, que es preciso recordar insertándolos en un contexto espacial susceptible de ser recorrido por partes, un palacio o un edificio, por ejemplo. Simónides de Ceos es el precursor de esta memoria artificial, conocida como el arte de la memoria. Según se afirma, el artífice de esta memoria fue Hippias en el siglo V a.c. quien era una verdadera enciclopedia viviente. Como sabemos este arte de la memoria llegó hasta el Renacimiento, y en esa época se volvió a asociar a saberes esotéricos. Conviene señalar que San Agustín, por su parte, hizo de la memoria, algo personal e íntimo. Sociedades modernas: con el desarrollo de la imprenta y con las nuevas tecnologías de la información este arte de la memoria terminó siendo algo un tanto inútil, salvo para espectáculos de variedades o circenses. También el desarrollo de la ciencia moderna devaluó completamente la facultad de la memorización Pero lo esencial en la época actual es el surgimiento del testigo, en la senda de San Agustín, del individuo que recuerda, de los llamados documentos personales como la autobiografía y de la novela moderna tal y como se presenta en la obra de Proust, y de un nuevo tipo de memoria la de los historiadores, esa memoria erudita peculiar que pretende reconstruir críticamente el pasado, con el fin de alcanzar la verdad. Recapitulando: en la tradición occidental la memoria ha sido considerada de varias maneras: depositaria de todos los saberes seculares y religiosos, mientras no existió la escritura; memoria artificial, parte de la retórica antigua, la cual podía ser cultivada según determinadas técnicas codificadas en el llamado arte de la memoria; memoria individual, receptáculo de los recuerdos íntimos de una singularidad personal; memoria colectiva como una cualidad esencial de la identidad de los grupos y “memoria histórica”, es decir, las representaciones del pasado que los estados modernos inculcan a sus naciones mediante el auxilio de un saber especializado llamado historia. Estos cambios de la idea y de la función de la memoria en la sociedad occidental están asociados a cambios culturales y políticos; por ejemplo, el surgimiento de la noción de individuo y el triunfo del formato estado-nación; y también a cambios técnicos en los modos de trasmisión de la cultura desde la escritura hasta Internet. De este modo, el término memoria y el estudio del fenómeno, a pesar de los trabajos pioneros de Halbwachs, de la década de 1920, es de aparición tardía en el campo de las ciencias sociales; en los años 1960 y 1970 estaba prácticamente ausente del debate intelectual: no aparece en la International Enciclopedia of the Social Sciences de 1968; ni en el libro Faire de l’histoire de Nora y Le Goff de 1974, ni en Keywords de Raymond Williams de 1976. Solo aparece ya en la enciclopedia La Nouvelle Histoire de Le Goff, Chartier y Revel de 1978, con un pequeño artículo de Nora. Es solo a partir de dicha década que se han multiplicado tanto en Europa y Estados Unidos los estudios sobre la memoria. Ahora bien, después de la década de 1980 la memoria no solo invade el campo de las ciencias humanas, sino también los espacios públicos en la forma de una obsesión conmemorativa. Se ha desarrollado lo que un autor llama un turismo de la memoria que remite a una reificación del pasado que se convierte en objeto de consumo. El fenómeno está asociado a lo que un historiador llama la “invención de la tradición” y a la explosión de la política de las identidades. La manía o la obsesión por la memoria se explican por una serie de circunstancias, propias de nuestro tiempo. Ciertamente que los orígenes del interés por la memoria remontan al final de la Primera Guerra Mundial; piénsese en la obra de Proust o en el primer libro de Maurice Halbwachs. Se podría decir que es en el marco de la crisis del régimen de historicidad de futuro-pasado en el cual ha surgido la obsesión por la “recuperación” del pasado; a falta de un vínculo efectivo con el pasado y en ausencia de proyecto para el conjunto de la sociedad, se ha desatado la manía memorial y una especie de patrimonialización de todos los vestigios del pasado. Ahora bien, el fenómeno también es indisociable de los traumas del siglo XX; por ejemplo, la guerra civil española y la dictadura franquista, la exterminación de los judíos de Europa, el GULAG, los abusos y masacres cometidos por Francia en la guerra de independencia de Argelia y las violaciones de los derechos humanos durante la época de las dictaduras de los años 1970 y 1980 en América Latina. El siglo XX, llamado por un distinguido historiador británico, la era de los extremos ha dejado como herencia la obsesión por la memoria. Quizás habría que agregar que la aceleración del tiempo asociada a los cambios tecnológicos actuales ha sumido a muchas sociedades occidentales, incluyendo a América latina, en un nuevo régimen de historicidad anclado en el presente, el denominado “presentismo”. En suma, se podría haber afirmar que el ascenso de la memoria es indisociable del ascenso del desencanto en nuestro tiempo; desencanto cuya primera víctima fueron las memorias e identidades nacionales, a pesar de las explosiones poderosas y destructivas del nacionalismo a fines del siglo XX y en los comienzos del presente. De esta manera, no es casual que el estudio de la memoria se nos presente en los siguientes campos de la historia: Es necesario hacer algunas reflexiones sobre las relaciones entre historia y memoria. Como ya dijimos, la historia es un tipo peculiar de memoria, una memoria erudita y técnica, si se me permite la expresión. Aquí, entendemos por historia un saber con capacidad para establecer las condiciones de validez del conocimiento que produce, mediante mecanismos de control, socialmente establecidos y aceptados, es decir, el método crítico, y los otros métodos y técnicas de las ciencias sociales, y mediante un sistema de cotejo y confrontación de dicho conocimiento en el seno de una comunidad de competencia, es decir, de una comunidad de profesionales de la disciplina. El hecho de distinguir entre la memoria y la historia no nos impide reconocer que estas siempre han marchado juntas, en un proceso de retroalimentación continua. En efecto, la memoria ha sido y es matriz de la historia y la historia se ha constituido como marco crítico de la memoria. No obstante, ha habido un proceso histórico de larga duración de emancipación de la historia respecto de la memoria, el cual puede ser caracterizado como una tendencia acumulativa hacia la secularización, la racionalización y la profesionalización de dicha disciplina. En las últimas décadas, como ya se dijo, la memoria se ha convertido en objeto de estudio de la historia; de ahí que ahora se habla de investigaciones sobre historia de la memoria, un campo del saber histórico que se dedica a estudiar como los seres humanos de otros tiempos han hecho uso del pasado, es decir, como han producido representaciones sobre sus experiencias pretéritas y las han dotado de sentido y significación en el presente. Parece muy necesario conservar la distinción entre historia y memoria sobre la base de que la historia funciona con determinados protocolos que condicionan el valor de las representaciones que elabora, mientras que la memoria carece de tales protocolos y opera según las reglas propias de la vida social en donde intereses y valores determinan la formación de las representaciones. Esto no significa que la historia se encuentre al margen de los procesos sociales y de su entorno histórico; su especificidad radica en su pretensión de someterse a determinados protocolos, sancionados por una comunidad de competencia. La memoria y la historia, como ya se dijo, operan mediante criterios de selección, en el primer caso de manera no controlable y en el segundo, en principio, de manera controlable. El historiador que cuenta una historia la organiza o la trama, según determinadas valoraciones de relevancia y pertinencia y según determinados supuestos conceptuales e ideológicos, algunas veces explícitos y, más frecuentemente, implícitos. De igual manera, toda memoria, es decir, toda serie de recuerdos organizados por un grupo en un relato, como ya dijimos, es una articulación de recuerdos y olvidos, omisiones o silencios. Este atributo de selectividad de la memoria es fundamental para comprender sus variaciones a través del tiempo y según los grupos humanos. En este sentido, conviene aplicar a las relaciones entre historia y memoria la imagen de campo de fuerza, de cables en tensión, aunque no convenga renunciar a su distinción. La idea de retroalimentación parece también apropiada; así, por ejemplo, la historia amplía los horizontes de la memoria tanto en términos espaciales como en términos temporales. La memoria erudita de los historiadores nos hace conocer procesos olvidados, ocultados o totalmente ignorados para los propios contemporáneos de los acontecimientos. Además, como bien sabemos la memoria nacional y las memorias de diversos grupos se alimentan de la memoria erudita de los historiadores. Tal ampliación de horizontes ofrecida por la memoria erudita de los historiadores es un buen antídoto frente al particularismo y la singularidad de toda memoria, individual o colectiva. En este sentido, la historia sirve de puente entre las distintas memorias y las invita a la mutua escucha, a la comprensión y a la tolerancia. Sin embargo, la memoria puede ser un tremendo correctivo para la historia; la voz de los vencidos, su testimonio, es un recurso crítico para un saber el cual ha sido asociado a la idea de relato de los vencedores. Además, como bien sabemos, la historia ha sido objeto de manipulaciones en los regímenes autoritarios de nuestra época; de manera que el valor de ciertas historias oficiales frente a las memorias de los distintos grupos que los han sufrido es nulo. Insistamos, entonces, la memoria, aunque sea del sufrimiento en situaciones límite, no puede ser intangible frente al análisis crítico de la historia; del mismo modo que la historia debe reconocer el valor y la radical verdad del testigo de tales situaciones y de otras en las cuales es la principal o la única huella del pasado. La historia oral parte precisamente del supuesto de que es válido y necesario recoger la voz del testigo o del protagonista par insertarla, según los procedimientos de la disciplina, en una narración e interpretación histórica. |





