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Independencia y soberanía

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Miércoles, 19 de Noviembre de 2008

Pasado mañana, miércoles 27 de febrero, se cumple un nuevo aniversario de la proclamación de la independencia de la República, y como habíamos señalado en una columna anterior de ese dramático episodio, el más dramático de todos en la historia dominicana, se cumplen 164 años. La primera fase de la nacionalidad, que no esta concebida ni creada por nadie en el orden particular; que en términos científicos y objetivos es una categoría histórica, consecuencia de un largo proceso de identidad que se manifiesta en primer lugar en aquellas sociedades que hablan la misma lengua, que tienen las mismas costumbres y hábitos de vida y están establecidas en un mismo escenario geográfico. Para que una sociedad llegue al estadio de conformar una nación debe existir un profundo sentimiento de patriotismo.

La primera manifestación de patriotismo que se conoce en la historia del pueblo dominicano fue en el año de 1795, cuando las autoridades coloniales españolas de la parte oriental de la isla llevaban al conocimiento de los moradores de la ciudad capital la noticia de que España, derrotada por las tropas revolucionarias de Francia, había entregado a esa nación, a través del Tratado de Basilea, los derechos de propiedad sobre lo que había sido el primer establecimiento colonial de los conquistadores europeos, en las tierras de América que Colon había incorporado a la colonia española. ¡Isla mía, Patria mía! exclamó Tomasa Cruz, mulata, mujer humilde del pueblo y cayó muerta en la esquina formada por las calles que hoy se conocen como calle El Conde y Arzobispo Meriño. Transida de dolor, aquella mujer cuyo nombre, ingratamente, los ayuntamientos de Santo Domingo han olvidado, hizo público con su trágica exclamación, el profundo sentimiento de dolor que sentía por la tierra en que había nacido, crecido y vivido.

El 27 de febrero de 1844 el proceso de formación de esa conciencia que determinó el nacimiento de la nacionalidad se manifestó con virilidad, decisión y firmeza en el Baluarte de la Puerta del Conde, auspiciando la aparición de un movimiento republicano, inspirado por Juan Pablo Duarte y organizado por jóvenes que apenas alcanzaban los treinta años de edad.

Se inició en aquel momento la marcha de un tormentoso y difícil camino de vicisitudes que pasó en el orden sucesivo por La Anexión a España, en 1861, inconsulta decisión de Pedro Santana y su camarilla gobernante, La Restauración de la República, en 1863,la Guerra de los Seis Años, en 1868, La Primera Intervención Militar de los Estados Unidos en 1916 y más luego, la Segunda Intervención Militar de los Estados Unidos en 1965. Muchas veces el autor de esta columna ha dicho, y lo seguirá diciendo, que el pueblo dominicano, actor solitario de su historia, con una personalidad definida, con matices propios, no tiene quien lo supere en la historia del nacimiento, desarrollo en el orden colonial y el establecimiento de la República de los pueblos americanos.

Para crear y consolidar la nacionalidad, la independencia y la soberanía de esta nación, nos hemos visto obligados, desde su misma génesis como sociedad fundada por los colonizadores, a luchar, comenzando por los aborígenes que poblaban la isla contra españoles, como lo hicieron Caonabo y Mairení, Enriquillo, los Negros Cimarrones, Juan Guzmán, Juan Vaquero, Diego de Ocampo, que traicionó la lucha de sus hermanos y el más sobresaliente y peligroso de todos como lo fue Sebastián Lemba. Más luego, en el proceso posterior a Las Devastaciones de 1605 y 1606, los criollos españoles, blancos y mulatos, derrotaron en 1655 a las tropas inglesas de Oliverio Cromwell y en 1691, en La Batalla de la Limonada, liquidaron las huestes francesas que se habían establecido en el Noroeste de la isla.

El grito de muerte de Tomasa Cruz, cien años después, fue la expresión y la síntesis de ese admirable proceso de violencia que vivieron los criollos españoles de la parte oriental de la isla de Santo Domingo. De allá a hoy, doloroso, duro, de derrota a veces y a la larga de victorias siempre, glorioso, ha sido el trayecto que el destino nos impuso. Ciento sesenta y cuatro años después, definida la nacionalidad, fundamentada en una sola lengua, en hábitos y costumbres de vida, porque somos la primera democracia racial de América y del mundo, la República avanza sin premura, bajo un concepto y una idea de nación que sustenta el Partido que dirige los destinos del pueblo, que mayoritariamente apoya y tiene confianza en su presidente y en el equipo que lo dirige.

El miércoles 27 debe ser día de reflexión y de firme decisión para mantener viva, por siempre, la República que fundaron hace tantos años aquellos jóvenes intrépidos que hicieron flotar en el Baluarte del Conde la bandera azul, roja y blanca, como símbolo de redención de los dominicanos y como expresión heroica, indeclinable, de independencia y soberanía. ¡Honor y gloria a los fundadores de la República, a los héroes de de La Restauración y a todos aquellos, mujeres y hombres, que han luchado y ofrendado sus vidas en emotiva expresión de patriotismo!

 

Fuente: Euclides Gutiérrez Félix/El Nacional

2/25/2008