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La gran epopeya

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Martes, 18 de Noviembre de 2008

El jueves 16 de la semana pasada se conmemoró, aunque la expresión que cabe es se festejó, el 144 aniversario de La Restauración de la República. En infinidad de ocasiones hemos calificado ese episodio inmortal, ejemplo de patriotismo, valor y heroísmo de nuestro pueblo que conmovió la conciencia de América por haber sido un esfuerzo espontáneo, no igualado, como la Gran Epopeya. México a quien la traición de la oligarquía de ancestro colonial impuso un príncipe europeo como emperador, con la complicidad de Napoleón III, rescató su soberanía, en un esfuerzo viril y heroico también, con la diferencia de la extensión territorial y la riqueza de ese país y en la etapa final de su lucha bajo el liderato de Benito Juárez, con la ayuda económica y militar del gobierno de los Estados Unidos.

La Restauración de la República para el pueblo dominicano ha sido y lo es todavía su Gran Epopeya, porque además del escenario material de pobreza en que vivía nuestra familia en una extensión aproximada de 50 mil kilómetros cuadrados la cantidad de habitantes apenas llegaba a 190 mil. Esta apreciación fue la que hizo Mariano Álvarez, Cónsul de España, en sus memorias de abril de 1860, aunque señala en las mismas, sin dar crédito a esa cifra, que algunos estimaban que la población total ascendía a 250 mil almas y él dividía esta cantidad en diez partes: "8 son de origen africano y europeo, entre mezclado, y el resto españoles y criollos. En la provincia de Santo Domingo es en la que hay más negros procedentes de las haciendas de los españoles. Las poblaciones de Moca, San José de las Matas, San Francisco de Macorís, El Seybo, Sabana de la Mar, Baní, San José de los Llanos y Bayaguana son los que llaman blancos aquí; en Neyba son indios y desde Santiago a Guayubín o Dajabón, limite con Haití son blancos; y un negro dominicano al hablar de los de Haití dice Negros haitianos, y se llaman así propios españoles y blancos".

Fue ese pueblo de negros que se decían blancos, de blancos que en realidad eran jabaos, en su inmensa mayoría y de mulatos, que hizo morder a España el polvo de la derrota y que demostró al mundo, con una fiereza y decisión propias, muy propias, que un pueblo pequeño en términos geográficos y de habitantes unido, podía derrotar en un escenario insular a una nación europea que aunque en proceso de decadencia económica y militar seguía siendo la patria de los soldados que Napoleón Bonaparte calificó como "los mejores del mundo". Nuestro pueblo descalzo, mal vestido, carente de instrucción, sin ayuda económica y militar de ningún otro país, actor solitario de su historia, sentó las bases en la historia moderna de una guerra de carácter irregular, fundamentada en el decálogo que concibió y escribió Matías Ramón Mella, Vicepresidente de la República en Armas y Ministro de Guerra del Gobierno Restaurador.

Es necesario señalar y recordar que no fue Luperón el personaje histórico de más categoría en la Guerra de La Restauración, los mismos méritos y el reconocimiento que distinguen a Luperón lo merecen también Pepillo Salcedo, Primer Presidente del Gobierno Patriótico Restaurador; Gaspar Polanco, sin importar los errores que cometió en el ejercicio del mandato que le fue otorgado; y Pedro Pimentel, que al igual que Salcedo y Polanco fue héroe y prócer de La Independencia. Fue Pimentel a quien le correspondió denunciar y no aceptar el llamado Pacto de El Carmelo, que quería imponer el general La Gándara, en junio de 1865, condicionando el abandono del territorio dominicano de las tropas españolas. Ellos ejercieron la presidencia de la República en Armas y no resta los méritos de Luperón, que sin lugar a dudas fue el héroe popular de ese episodio, otorgar y honrar a los demás, que en otros niveles defendieron la patria que les vio nacer y por ella lucharon y ofrendaron sus vidas.

De esa experiencia admirable, extraordinaria, solamente recibieron los dominicanos la ayuda limitada y tímida del pueblo y del gobierno haitiano de esa época, que amenazado por España se vio obligado a actuar con mucha precaución limitando su respaldo, en aspecto importante al uso de su territorio como santuario y refugio ocasional de los patriotas dominicanos. Pepillo Salcedo, Gaspar Polanco, Pedro Pimentel, Matías Ramón Mella, Gregorio Luperón, Benito Monción, Santiago Rodríguez, José Cabrera, Benigno Filomeno Rojas, Ulises Francisco Espaillat y Pedro Bonó, entre otros, sin olvidar el sacrificio de Francisco del Rosario Sánchez y de sus compañeros y de José Contreras y de quienes bajo su liderato actuaron el 2 de mayo de 1861 y sin olvidar también, con más razón, la espontánea, valerosa y hermosa conducta de Juan Pablo Duarte, Fundador de la República de Febrero de 1844.

La Restauración de la República Dominicana, víctima de la traición de Pedro Santana, sirvió de ejemplo a Cuba y aportó, en esas ironías de la historia, a la patria de José Martí la experiencia y el valor militar que llevaron al hermano pueblo cubano Luis y Félix Marcano, Dionisio Gil, Modesto Díaz y el Centauro de Baní Máximo Gómez, que sintetizo en la Guerra de los Diez Años iniciada en 1868 y más tarde en la Guerra Necesaria a partir de 1865, los métodos y la astucia de los dominicanos que lo convirtieron en el héroe militar del episodio que cerró el ciclo de las guerras anticolonialista en el Continente Americano al cual Bolívar llamó Esperanza del Mundo. La Gran Epopeya del pueblo dominicano es también, por todas esas razones, un episodio que honra la historia de esta América Nuestra.

 

Fuente: Euclides Gutiérrez Félix/El Nacional

8/20/2007