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El Conde, espacio de la memoria

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Lunes, 17 de Noviembre de 2008
Evoco el conde de mi infancia, de mi niñez, de la posguerra, entro en la cafetera, pido un café y redacto estas líneas por aquella calle que ya no es. Los grandes almacenes se han ido, atraídos por las ventajas que ofrecen otras zonas Miguel D. Mena publicó hace unos años un ensayo memorable titulado Poética de la calle El Conde. En él la emblemática calle capitaleña es radiografiada, desarmada en sus categorías, explicada en el tiempo a través de los ojos de esos traductores de la historia a un diálogo interior que son los poetas.

El Conde fue desde el siglo XIX el corazón de la ciudad. Por esa calle penetraría tímida la modernidad y sería refugio y a la vez sucedáneo de escape a las ansias entrampadas por la dictadura de Trujillo.

En El Conde se dieron cita los exiliados españoles que huyendo de la Guerra Civil vinieron a dar a este país que era una cárcel.

Unos se fueron, otros permanecieron, de una u otra manera su impronta hizo huella y en esa calle quizás los dominicanos de entonces pudieron, de la misma manera que un preso cuando lo llevan al patio de la prisión, sentirse un tanto libres.

Leyendo versos prohibidos junto a una taza de café, asistiendo a una exposición de pintura de alguno de esos exiliados, en El Conde se construyó un poco una nueva conciencia.

Ajusticiado el tirano, la calle sería escenario de las nuevas libertades conculcadas al poco tiempo, comprimiendo la vida como un resorte que vendría a desatar su energía en la asonada gloriosa de Abril.

El Conde fue de nuevo el centro del universo y el edificio Copello, sede del gobierno constitucionalista, su punto de apoyo.

Después de la guerra, El Conde fue una vez más espacio de ansiedad de los que esperaban más de esa patriada.

Es El Conde que retrata René del Risco, poeta urbano por excelencia que recoge las imágenes y les da fuerza con su voz potente que retorna de la trinchera abrileña y se proyecta con una fuerza interrumpida sólo por su muerte a destiempo.

Es El Conde de las grandes tiendas, de las vitrinas con ropas de otras latitudes para entretener a un país que había perdido la inocencia.

El sábado he vuelto como muchas veces a esa calle y encuentro que la posmodernidad nos ha legado una escenografía de novela del genero "cyberpunk".

Los edificios siguen allí y descascaradas fachadas nos hablan de un tiempo pasado de pujante actividad comercial.

Los grandes almacenes se han ido atraídos por las ventajas que ofrecen otras zonas de la ciudad y se multiplican los centros de Internet, los salones de uñas acrílicas, las salas de juegos electrónicos mientras en la calle pintores de la isla, artesanos sudamericanos, buscones dominicanos tratan de arañar las migajas que les ofrece el mercado global del turismo.
Marcos A. Blonda es arquitecto


Fuente: Marcos A. Blonda/El Caribe
6 de septiembre del 2008