Por tercera vez: el granero del Caribe |
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| Miércoles, 19 de Noviembre de 2008 |
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Circunstancias externas, consecuencias del avasallante proceso de acumulación de riquezas en beneficio de un grupo de las naciones más industrializadas y tecnológicamente desarrolladas del mundo, han obligado a los dirigentes de los organismos internacionales, encabezados por las Naciones Unidas, a dar la voz de alarma frente a la gravedad de la escasez y alto costo de los productos alimenticios más importante, que ha comenzado a sufrir la humanidad. Esa situación de escasez y altos costos ha generado en nuestro país profunda inquietud, porque lo que era una apreciable capacidad productiva en el renglón agrícola del pueblo dominicano ha descendido a una mínima expresión que terminará poniendo en peligro la estabilidad política que este gobierno del PLD, que preside Leonel Fernández, ha podido sortear, con admirable prudencia y honesta capacidad administrativa gubernamental. En nuestra columna pasada nos referíamos a las declaraciones que hizo el ingeniero Carlos Morales Troncoso, Canciller de la República, en una reunión que sostuvo con los más altos funcionarios de las Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York. En nombre de nuestro país el canciller propuso que nos ayudaran a convertirnos en el granero del Caribe y que para eso era necesaria la cooperación de las organizaciones financieras multilaterales, ya que conseguir ese objetivo permitiría a los dominicanos ayudar a mitigar la crisis alimentaria de otros países pobres de la región del Caribe. En esa columna, a grandes rasgos, en términos históricos, recordamos que desde fines del siglo XIX los dominicanos abastecían, en escala ascendente, la mayoría de las islas del Caribe que eran y todavía son posesiones de Holanda, Francia e Inglaterra. Plátanos, aguacates, naranjas, toronjas, lechosas, piñas, guineos, mangos, eran productos del primer renglón de exportación agropecuaria, a los que, en proceso de los años siguientes, particularmente al advenimiento de Trujillo al poder, se sumaron cocos, miel de abejas, naranjas agrias, yuca, batata, yautía y mapuey. Aunque muchos supuestos antitrujillistas que viven en esa pose de oportunismo no les gusta que la verdad histórica se haga pública, fue en el largo proceso de la dictadura de Trujillo que se construyeron cientos de canales de riego en todo el territorio nacional y por lo menos 400 puentes, que permitieron, por la vía terrestre, un rápido transporte de esos productos de extraordinaria calidad a los puertos de embarque. Ahora las circunstancias externas nos obligan a mirar hacia atrás para, tomando como punto de partida la experiencia que habíamos adquirido, recuperar de nuevo esos mercados, que para vergüenza nuestra han pasado a manos de otros países de la región: la yuca de Moca adquirida aquí fue trasladada a Costa Rica, país que abastece ahora el mercado neoyorquino, en cuya ciudad habitan cerca de un millón de dominicanos; plátanos, guineos y otros frutos menores del trópico como limones agrios, toronjas y naranjas, llegan a los Estados Unidos procedentes de otros países; y según se nos dijo en esa capital del mundo, la mayoría de los aguacates que allí se consumen provienen de África. No hay en la región del Caribe ningún país que tenga un escenario tan favorable, en términos de fertilidad, que la República Dominicana. Si no aprovechamos la oportunidad que el desequilibrio mundial alimentario nos ofrece lo lamentarán, más que nosotros, las futuras generaciones. La fabulosa riqueza material que con su esfuerzo constante la humanidad ha producido en los últimos 150 años, ha terminado en los finales del siglo XX y en los inicios del siglo XXI en manos de 15 a 20 millones de personas que es una ínfima, muy ínfima, parte de los casi 6 mil millones de habitantes que viven en la tierra. Ni siquiera el poder de Dios ha podido impedir que esa injusticia sea una realidad indiscutible. Esa minoría que detenta en sus manos las riquezas del mundo está distribuida en no más de 10 países de América, Europa y Asia. Cada día que pasa la diferencia entre pobres y ricos será más profunda y en la medida que sea más profunda, la rebeldía de los hombres y mujeres que conforman todos los pueblos del mundo se convertirá en una acción más violenta, permanente, indetenible, que puede llevar a un trágico final de autodestrucción.
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